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25 de febrero - Santos Calixto Caravario, presbítero y Luis Versiglia

 

 Santos Calixto Caravario y Luis Versiglia

En uno de sus sueños, Don Bosco había visto subir al cielo dos grandes cálices con los que sus hijos regarían la misión salesiana en Oriente: uno estaba lleno de sudor y el otro de sangre. Algunas décadas más tarde, desde China, el P. Luis Versiglia escribiría a otro salesiano que le había regalado un cáliz: “Que el Señor me haga devolver a nuestra Pía Sociedad el cáliz que me fue ofrecido. ¡Que se desborde, si no con mi sangre, al menos con mi sudor!”.

Luis Versiglia, nacido en Oliva Gessi (Pavía) el 5 de junio de 1873, a la edad de doce años entró en el oratorio de Valdocco donde conoció a Don Bosco. En 1885 estudia con los salesianos de Don Bosco con la intención de ingresar en la universidad y ser veterinario. Permanece junto a Don Bosco por dos años y medio, se confiesa con él frecuentemente. Además, tiene el honor de leerle un discurso de felicitación el día de su último onomástico.

el ambiente empapado de religiosidad, el ardor misionero y la fascinación del propio Don Bosco, ya en los últimos años de su vida, transformaron el ánimo del muchacho al que, en fugaz encuentro en 1887, el santo le dijo: «Ven a verme, tengo algo que decirte»; pero Don Bosco ya no pudo hablar con él porque enfermó y murió. No obstante, el joven quedó tan prendado de la figura de Don Bosco que, para responder a la llamada vocacional, al final de sus estudios en Valdocco pidió «quedarse con Don Bosco», guardando celosamente en su corazón la secreta esperanza de poder ser un día misionero. A los 16 años emitió los votos en la Congregación Salesiana.

Pocos días después de la muerte de Juan Bosco, Luis asiste en la Basílica de María Auxiliadora a la imposición del crucifijo a los siete salesianos que partían a las misiones el 11 de marzo de 1888. Es aquí cuando decide convertirse en salesiano para ser misionero en un futuro. El 21 de diciembre de 1895 recibe la ordenación sacerdotal. Don Miguel Rúa lo nombró maestro de Novicios de Genzano, cerca de Roma.

En 1906 dirigió la primera expedición misionera salesiana a China. En 1918 los Salesianos recibieron la misión de Shiu Chow del Vicario Apostólico de Cantón. El P. Luigi Versiglia fue nombrado Vicario Apostólico y el 9 de enero de 1921 fue consagrado Obispo. Era un verdadero pastor, dedicado a su rebaño. Le dio al Vicariato una sólida estructura con un seminario, casas de formación, diseñando él mismo varias residencias y refugios para los ancianos y necesitados. Se ocupó con convicción de la formación de los catequistas.

El P. Callisto Caravario nació en Cuorgné (Turín) el 8 de junio de 1903 y fue estudiante del Oratorio de Valdocco. Todavía siendo clérigo, en 1924, partió para China como misionero. Fue enviado a Macao, y durante dos años a la isla de Timor, entusiasmando a todos por su bondad y celo apostólico. El 18 de mayo de 1929, Mons. Versiglia lo ordenó sacerdote.

Don Versiglia encontró en Macao un pequeño orfanato, propiedad del obispo local. En 12 años de trabajo, con la ayuda de una docena de hermanos y ampliando el terreno, lo transformó en una moderna escuela profesional para 200 alumnos internos, la mayor parte huérfanos, a quienes se preparaba para que aprendieran una profesión. En 1911, Don Versiglia inició también la misión de Heungshan, región entre Macao y Cantón. Su celo apostólico por la salvación de las almas alcanzó cotas heroicas entre los enfermos de peste bubónica y entre los leprosos.
Versiglia era incansable en su evangelización y con la ayuda de Sacerdotes enviados desde Italia organizaba los lugares a misionar. Fue Consagrado obispo en Cantón el 19 de enero de 1921 (algo que el particularmente manifestaba no ser digno, pero hasta la gente así lo aclamaban), a las fatigas de un ministerio pastoral en un territorio vastísimo y sin caminos, monseñor Versiglia añadió ásperas penitencias que llegaron a la flagelación hasta la sangre. En 1926, por invitación de los superiores de Turín, participó en el Congreso Eucarístico de Chicago. Una grave operación quirúrgica lo entretuvo durante un año en Estados Unidos. Cuando la salud se lo permitía, se ocupaba también de la propaganda misionera, dejando siempre una impresión extraordinaria.

Al volver a Shiu-Chow le habían preparado una novedad: la sede episcopal. Era una casa graciosa, al estilo chino, no lujosa, junto al Instituto Don Bosco, donde monseñor había siempre ocupado dos pequeñas habitaciones, alejadas de todo movimiento de los más de 300 alumnos. La nueva construcción le pareció un lujo y rechazó categóricamente el nombre de palacio episcopal. Se resignó a habitarlo con tal de que se llamara y fuese realmente «la casa del misionero», donde pudieran hallar acogida los misioneros enfermos y cuantos estaban de paso o venían para reuniones.

En 12 años de misión, de 1918 a 1930, el obispo Versiglia logró hacer prodigios en una tierra hostil a los católicos: fundó 55 estaciones misioneras primarias y secundarias frente a las 18 encontradas; ordenó 21 sacerdotes; formó 2 religiosos laicos, 15 Hermanas nativas y 10 extranjeras; dejó 31 catequistas (18 de ellas mujeres), 39 maestros (8 maestras) y 25 seminaristas. Administró el Bautismo a 3.000 cristianos convertidos, frente a los 1.479 que encontró a su llegada, Erigió un orfanato, una casa de formación para catequistas, una escuela de catequistas; el Instituto Don Bosco con escuelas profesionales, secundarias y de magisterio para muchachos; el Instituto María Auxiliadora para las muchachas; un asilo de ancianos, un orfelinato, dos dispensarios de medicamentos y la Casa del misionero como deseaba que se llamase a la sede episcopal. El obispo no se detenía ante nada, ni siquiera ante las carestías, las epidemias, los desafíos que se le presentaban a él y a sus colaboradores, no siempre humanamente recompensados: apostasías, calumnias, abandonos, incomprensiones, traiciones… Todo era superado gracias a una oración intensa y constante. Durante todos los años que dedicó a la China, monseñor Versiglia jamás se cansó de exhortar a sus sacerdotes a dialogar con el Señor y la Virgen María. No por casualidad mantenía una correspondencia con las monjas carmelitas de Florencia, pidiéndoles apoyo espiritual.

La situación política de China no era tranquila: la nueva República China, nacida el 10 de octubre de 1911, con el general Chang Kai-shek, había reportado la unidad a Cina, derrotando en 1927 a los «señores de la guerra» que tiranizaban a varias regiones. Pero la opresora infiltración comunista en la nación y en el ejército, mantenida por Stalin, había convencido al general a apoyarse en la derecha y a declarar ilegales a los comunistas (abril de 1927). Por este motivo la guerra civil se había reanudado. La provincia de Shiu-Chow, situada entre el Norte y el Sur, era lugar de paso o de parada de varios grupos combatientes entre sí y, por lo mismo, eran frecuentes los hurtos, los incendios, las violencias, los delitos, los secuestros. Era también difícil distinguir, en estas bandas que saqueaban, a los soldados prófugos, a los mercenarios, a los asesinos a sueldo, a los piratas que se aprovechaban del caos. En estos tristes tiempos también los extranjeros arriesgaban su vida y se les llamaba con desprecio «diablos blancos».

 Los misioneros, por lo general, eran amados por la gente más pobre y las misiones eran el lugar de refugio en los momentos de saqueo. Pero los más temibles eran los piratas que no tenían miramientos con nadie, y los soldados comunistas para los que la destrucción del cristianismo era un programa. Por esta razón en los viajes necesarios para las actividades misioneras en los diversos y diseminados pueblos, los catequistas y las catequistas, las maestras y las muchachas, no se ponían en viaje si no iban acompañadas por los misioneros.

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